El día que nace
El sol despierta, cual bola de fuego, por las lejanas líneas del horizonte. Enciende las altas cumbres y se despereza , en loco trasiego, por las heladas aristas rocosas. Acaricia, con sus manos de luz y suave terciopelo las doradas laderas que descienden hacia las profundas hondonadas y los umbríos valles.
Las praderas lo besan con sus labios de hierba y los bosques beben la luz de la alborada en dorados sorbos. El ígneo disco flameante, como niño de fuego, se baña en el espejo del río que sueña con atraparle en su plateado pecho.
Las fértiles campiñas, vestidas de verdes trigales y amarillos girasoles, bailan al son del viento solano que las arrulla con sus silbos de amor.
El mar, madre fecunda de luengos cabellos de plata, se viste de inquietas y luminosas lunas de cristal para ver y atrapar al rubio galán madrugador.
El cielo con rubores encendidos acuna las nubes que, como susurros de etéreo algodón, danzan y con sus invisibles alas quieren jugar con los cálidos efluvios que les lanza la luminosa esfera rutilante.
Así despierta el día con auroras encendidas y corazón de oro fulgente que derrama luz y vida sobre la tierra dormida que se despierta al recibir los besos del nacido sol.