Canto al Sol y a la Vida
¡Oh sol, ígneo disco flameante,
antorcha invicta del cielo,
corazón ardiente que despierta la mañana,
con besos de oro
sobre los párpados del mundo!
Eres las sílaba primera del día,
la dorada bola luminosa
que despierta la vida,
cuando la fría noche
aún tiembla en nuestro recuerdo.
Sin tu latido de fuego,
la Tierra sería como un susurro apagado,
como una cara sin rostro,
como un jardín sin belleza ni encanto.
Te levantas - soberano y sereno-,
y todo florece bajo tu mirada.
Los ríos y lagunas te devuelven
destellos de oro y cristal;
los bosques elevan sus resecos brazos,
para que tú despiertes en ellos,
verdes brotes de vida y esperanza.
Las montañas se visten de dorada claridad,
como si tu luz fuera
un abrazo cálido y luminoso
que las abriga y embellece.
Sobre mi vida también has amanecido:
Has dorado mis horas más grises,
has encendido ánimo y calor
en mis gélidos inviernos,
has sido brújula de claridad,
cuando la duda quiso nublar mi horizonte.
En cada latido mío hay una chispa tuya,
en cada sueño que deambula por mi mente,
arde un reflejo de tu llama interminable.
Eres belleza que no se aja ni se agota,
amor que no exige,
fuerza que abraza sin tocar.
Tu luz no pregunta a quien ilumina;
simplemente ama,
y al amar crea.
Bajo tu esplendor la Tierra respira,
como un pecho colmado de gratitud.
Las semillas se atreven a romper
la sombra de tierra que las cubre;
las flores estallan en colores imposibles,
y el mar, inmenso y palpitante,
celebra tu reinado
con olas de espuma y de cristal.
¡Oh sol, fuente de dorada claridad,
triunfo perpetuo sobre la oscura noche!
Que tu fuego siga escribiendo,
sobre mi frente y sobre la Tierra,
esta certeza luminosa:
que vivir es arder,
que amar es dar luz,
y que, en cada amanecer,
renace invencible la esperanza.
Córdoba 22 de febrero de 2026